La semilla contiene la información de toda la estructura que luego tendrá la planta adulta, contiene almidones, aceites y proteínas que alimentarán en su debido momento al embrión interior para que desencadene el proceso de nacimiento de la planta, que a su vez viene envuelta en una variedad de coberturas protectoras.

Muchas de las semillas se desarrollan dentro de un fruto, pero otras lo hacen cerca de las flores; unas y otras a lo largo de la evolución han desarrollado diversas estrategias, de acuerdo con el ambiente en el cual hayan aparecido, de modo que les garanticen su multiplicación. Al estar dentro de frutos tentadores, lograron que animales, incluidos el ser humano, coman el fruto y vayan regando las semillas en otros lugares donde puedan ganar nuevos espacios para crecer y multiplicarse. Otras son ligeras como el viento, que se encarga de difundirlas; las hay que requieren ser tragadas por animales, pasar por sus jugos digestivos y ser expulsadas en la materia fecal para completar su proceso de maduración y de “viaje” a un lugar distinto de donde está su planta madre. Cualquiera que sea la semilla, en su historia hay millones de años de aprendizaje con el ambiente y demás seres vivos, incluido el suelo, el clima, etc.

Por supuesto, los seres humanos aprendieron en cientos de miles de años a seleccionar y mejorar mediante procesos naturales, aquellas semillas que les brindaban un mejor alimento, y este fue un verdadero diálogo entre el saber, el sabor y el ambiente. Esta es la belleza de la cultura ancestral, la capacidad de recordarnos que somos naturaleza y que todo está interrelacionado.

De esta relación salió consolidada la biodiversidad: muchas semillas, nuevos granos para alimentar en mayor cantidad a poblaciones cada vez más grandes; guardar la semilla posibilitó el poder sembrar en un sitio sin tener que estarse desplazando siempre en busca de alimento,   y con ello se abrió paso la función de seguridad, soberanía y autonomía alimentarias; y de todo lo anterior, nace un concepto de territorialidad, donde humanos, semillas, ambientes y maneras de consumir esos alimentos, componían una sinfonía de ciclos que pasaban por las lluvias, las fases de la luna, etc.

¿Cuál es entonces la función de la semilla?

Multiplicarse; dar origen a nuevas plantas, garantizar la supervivencia de su especie; que, para el caso de los alimentos, es esencial. Las semillas de la comida pueden crecer por sí solas, pero a lo largo de la historia humana, las semillas y las manos han bailado juntas. Las personas por siglos, las han seleccionado, cuidado, almacenado para volver a sembrarlas, sin más costos asociados.

Las semillas nos las ha dado la naturaleza, le pertenecen a toda la humanidad, pero también a las otras especies que las necesitan para alimentarse. Las semillas le pertenecen al planeta.

¿Por qué entonces hay que defender las semillas si son lo que son?

Porque la gran industria de la comida (no la llamaremos de alimentos porque lo que estas multinacionales producen son comestibles, productos que se pueden consumir, pero no garantizan nutrición ni salud alimentaria), decidió apropiarse de las semillas, modificarlas, patentarlas y ofrecerlas en venta a costos muy altos, como única garantía de calidad. Muchas de estas semillas incluso, una vez que se han reproducido una vez, no vuelven a servir como semilla, hay que volver a comprarlas.

Tales semillas vienen atadas a un paquete tecnológico que encarece la ancestral producción de comida, obligando al campesino a usar todo el paquete que al igual que cualquier otro producto para alentar el consumismo, precisa de cada vez más aditamentos, amen que intoxica los suelos y contamina otras especies. La industria por su parte convence a los gobiernos a través de diversas estrategias, de imponer tales usos y desestimar y desvalorizar las semillas que tienen siglos de adaptación natural.

Obligar a los campesinos, comunidades indígenas, afros o rom, a las mujeres campesinas a comprar lo que ellos han sabido cuidar, seleccionar y sembrar, quiebra la autonomía, encarece la producción y rompe la seguridad y soberanía alimentarias.

Por suerte para la vida y salud alimentarias, mujeres y hombres custodios de semillas, a lo largo del planeta se han dado a la tarea de preservar este patrimonio, y contra todas las imposiciones de gobiernos y multinacionales, garantizan para la humanidad estos saberes milenarios. El pequeño acto de cuidar las semillas representa un acto político de enorme importancia para la humanidad, la autonomía, soberanía y el sagrado derecho a la salud alimentaria. Quien cuida de una semilla nativa, cuida del planeta.